Un taller donde se arma, se prueba y se vuelve a armar
Aquí no se aprende robótica viendo una presentación. Cada sesión empieza con un reto y termina con algo que se mueve, se enciende o falla por una razón que se puede encontrar. Los grupos son chicos, el material alcanza para todos y el instructor está en la mesa, no al frente. Lo que se lleva el alumno no es el robot: es haber entendido por qué la primera versión no funcionó.
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Se plantea el reto
La sesión abre con algo concreto que el robot tiene que lograr. No es un tema: es una tarea que se puede ver cumplida o no.
- 02
Se prueba y se falla
La primera versión casi nunca sirve, y está bien. Ahí se aprende a mirar dónde estuvo el error en lugar de empezar de cero.
- 03
Se corrige y se anota
El cambio se prueba otra vez y se escribe en la bitácora. Cuando llega la competencia o la feria, esa libreta vale tanto como el robot.
Lo que se aprende dando clase, no leyendo un manual
Los años en el taller enseñan cosas que ningún plan de estudios trae: cuánto dura la atención de un niño de siete, en qué momento un adolescente se aburre de los bloques y pide código, y cuáles son los tres errores de cableado que se repiten en todos los grupos. Eso es lo que hace que una sesión de dos horas no se caiga a la mitad.
Cómo trabajamos
Primero el reto, después la explicación. Se arma en pareja o en solitario según el nivel, se prueba, se rompe y se corrige; la bitácora se escribe en la misma sesión, mientras el error sigue fresco. Al final del bloque hay una demostración para los papás, donde el que explica es el alumno. No damos calificación: damos evidencia de lo que ya sabe hacer.
Agenda la clase muestra