Cómo trabajamos
Primero la visita: medimos el hueco, vemos de dónde entra la luz y para qué se usa el cuarto. Después el dibujo a escala y las muestras físicas de vidrio en la mano, porque un color en pantalla no es el mismo a contraluz. Con tu aprobación por escrito empieza el corte: cada pieza se esmerila, se envuelve en cobre o se acomoda en perfil de plomo, se suelda por ambas caras y se masilla para que selle y quede rígido. Al final, pátina, limpieza y revisión a contraluz pieza por pieza. Montamos nosotros mismos y te explicamos cómo limpiarlo para que dure.
Años frente al vidrio
El oficio no se mide en cursos sino en piezas montadas: ventanas que llevan una década aguantando sol y lluvia, vitrales de templo desarmados y vueltos a emplomar sin perder un solo trazo del dibujo original, domos que se calcularon dos veces porque el peso no perdona. Esa experiencia es la que permite decirte de entrada qué vidrio conviene para un baño, cuál aguanta el poniente y cuándo una pieza rota se repara en lugar de rehacerse completa.
Contraluz es la única prueba que cuenta: si el color no se sostiene a trasluz, no sale del taller.